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Dos Reyes en Madrid

Después del parón vuelvo a escribir, y lo hago con un texto que llevaba tiempo pensando si publicar.

Durante una etapa de mi vida jugué al póker en serio. No suelo contarlo. El mundo del juego está estigmatizado, en muchos casos con razón, y explicarlo bien requiere bastante más de una frase, que es justo lo que uno tiene en una conversación normal. No pretendo romantizar nada ni animar a nadie a jugar. Pero forma parte de mi historia y ahí sigue, así que prefiero contarlo yo y con calma.

Empiezo por una mano concreta.

Madrid, marzo de 2015, Estrellas Poker Tour. Quedaban pocos jugadores para entrar en la mesa final, que es donde el premio cambia de verdad y donde te hacen la fotografía. Me reparten dos reyes. King Kong los llaman los ingleses. Con las fichas que tenía podía jugar despacio y protegerme un rato más, pero lo correcto era meter todo el plástico dentro, y no fue una decisión difícil de tomar. Lo metí. Me pagan y voy claramente por delante. Se descubren las tres primeras cartas y en ese momento gano la mano el 95% de las veces.

Hasta el river todo es toro, se dice en la mesa. Cayó la quinta carta y me quedé fuera.

Salí en una fotografía, la de la eliminación. En la otra no.

El premio fue razonable. El regusto amargo sigue aquí once años después, y he pensado en esa mano muchas veces desde entonces, casi nunca en clave de póker.

Hay un libro, La mentalidad del jugador de poker, de Ian Taylor y Matthew Hilger, que explica bien algo que va mucho más allá del juego: en cualquier situación hay cosas sobre las que tienes poder, cosas que aparecen solas y cosas que te vienen dadas. Con esos dos reyes yo controlaba la lectura de la mesa, el rango que le asignaba al rival, cuánto arriesgaba y en qué momento. La quinta carta no la controlaba. No la controlé nunca.

Montar una empresa se parece a eso más de lo que me esperaba.

La calidad de una decisión no se mide por el resultado

Esta es la más difícil de interiorizar, y sospecho que nunca se interioriza del todo.

Yo jugué bien aquella mano y perdí. He visto a gente jugar fatal una mano y llevarse el bote, y he visto cómo eso les convencía de que sabían lo que hacían. El resultado de una mano concreta dice muy poco sobre si decidiste bien, sobre todo cuando la muestra es pequeña.

En la empresa pasa lo mismo cada semana. Lanzas una funcionalidad bien pensada y no tiene adopción porque el cliente estaba en otra cosa ese trimestre. Pierdes una oportunidad comercial habiendo hecho un trabajo impecable. Y también al revés: improvisas algo, funciona, y te montas una teoría a posteriori sobre por qué era una gran estrategia.

Si solo miras resultados te vas a engañar, en las dos direcciones. Hay que volver sobre el proceso: qué sabías, qué asumiste, qué alternativas tenías descartadas y por qué. Es un ejercicio incómodo y por eso casi nadie lo hace cuando las cosas salen bien.

Lo que sí es verdad es que a la larga las cuentas cuadran. Aquella mano se gana el 95% de las veces, y si la juego mil veces no me hace falta que me la firmen. El problema es que en la empresa muchas decisiones importantes no se repiten mil veces. Se juegan una vez.

Administrar tu propio capital

En póker el capital no es solo dinero, es el margen que te queda para seguir tomando decisiones. Mientras tengas fichas, sigues jugando.

Nadie te dice cuánto arriesgar en cada momento. Nadie te frena cuando te aceleras después de una mala racha, que es exactamente cuando más falta hace que alguien te frene. Puedes tener una noche buenísima y devolverlo todo en dos horas por no saber administrar lo que acabas de ganar. Yo lo he hecho.

En una empresa el capital es la caja, evidentemente, pero también el tiempo del equipo, la energía del fundador, la confianza de los clientes y la capacidad de mantener el foco en algo el tiempo suficiente para saber si funciona. Crecer demasiado rápido, comprometer recursos en algo que no acabas de entender o confundir un trimestre bueno con una estructura sólida te deja sin margen justo cuando más lo necesitas.

Durar es una forma de ganar. No es la más vistosa.

Sostener la presión sin cambiar tu juego

Hay días malos, y cuando vienen encadenados aparece la tentación de cambiar de estrategia por miedo. Arriesgar de más para recuperar rápido. Abandonar un plan que era razonable porque todavía no ha dado resultado. Tomar una decisión mala simplemente para que se pase la sensación.

En la mesa eso tiene nombre y suele salir caro.

Sostener la presión no quiere decir atrincherarse ni ser terco. Hay que revisar los datos, ajustar lo que haya que ajustar y cortar pérdidas cuando toca, que también es parte del oficio. Lo que no puedes es cambiar tu manera de decidir solo porque la situación aprieta. Un mes malo no debería convertirte en otra persona.

Eso es sistema nervioso entrenado, no talento. Y se entrena perdiendo.

Lo que queda

La cuarta habilidad, si es que se puede llamar así, es convivir con la incertidumbre sin que te paralice. No tengo mucho que decir sobre ella salvo que se aprende tarde.

Prepararte, pensar, observar, gestionar bien lo que tienes y decidir con criterio: eso depende de ti. La quinta carta no. Habrá resultados injustos, golpes de suerte y momentos en los que lo correcto sea retirarse, igual que habrá momentos en los que toque poner las fichas en el centro sabiendo que puede salir mal.

Aquella noche en Madrid tomé la decisión correcta y me fui a casa eliminado. Las dos cosas son verdad a la vez, y aprender a sostenerlas juntas me ha servido mucho más que cualquier cosa que haya ganado en una mesa.

A partir de ahora iré alternando publicaciones más técnicas sobre normativa y aplicaciones prácticas en Saltra con otras más personales como esta. Creo que las dos cosas tienen sitio aquí.