Hay una sensación que seguramente compartimos muchos de los que llevamos unos cuantos años trabajando: llegan profesionales jóvenes con una energía tremenda, una facilidad natural para manejar nuevas herramientas y una capacidad para encontrar soluciones que, a veces, nos deja mirando.
Donde nosotros vemos un proceso, ellos ven una automatización. Donde nosotros vemos horas de trabajo, ellos ven una conexión entre aplicaciones. Y donde nosotros todavía estamos formulando la pregunta, ellos ya están haciendo una demostración.
Eso es una ventaja. Y sería absurdo negarlo.
Pero entre conseguir que algo funcione y decidir que debe hacerse así hay una distancia. Y es en esa distancia donde la experiencia tiene mucho que aportar.
Una solución brillante. Una pregunta pendiente.
Hace poco participé en un evento en el que compartimos espacio profesionales de distintas generaciones.
El caso concreto se refería a las obligaciones del Real Decreto 723/2026 y a cómo gestionar la comunicación de determinados datos en un proceso en el que intervienen la empresa, la persona trabajadora y el despacho que la asesora. Una de esas novedades que nos obligan a revisar procedimientos, repartir responsabilidades y encontrar la manera de que el trabajo no se multiplique.
Y no era una cuestión baladí. No estábamos hablando simplemente de agilizar una tarea interna, sino de cómo dar respuesta a unas obligaciones normativas y de qué recorrido iban a seguir los datos de las personas implicadas. La rapidez de la solución no podía ser el único criterio para valorarla.
La propuesta de algunos de los profesionales más jóvenes fue inmediata: inteligencia artificial y automatización.
Recoger la información, procesarla, trasladarla y resolver el circuito con la mínima intervención humana. Sobre el papel, una maravilla. Menos tareas repetitivas, menos tiempo y un problema resuelto.
Mi primera pregunta, sin embargo, no fue cuánto tiempo íbamos a ahorrar.
Fue otra: ¿por dónde van a pasar esos datos y dónde pueden terminar?
No afirmo que aquella solución incumpliera la normativa. Precisamente, lo que eché en falta fue detenernos a comprobarlo antes de recomendarla.
Porque una demostración puede enseñarnos que un sistema funciona sin enseñarnos todo lo que necesitamos saber para utilizarlo.
Lo que me sorprendió no fue la propuesta
Que alguien proponga automatizar un proceso me parece lógico. Yo también me dedico a buscar formas de hacer más sencillo el trabajo.
Lo que me llamó la atención fue la buena acogida de la propuesta por parte de la organización del evento: una asociación a la que atribuyo una especial preocupación por las garantías legales.
Esperaba que, junto al entusiasmo, aparecieran algunas preguntas.
¿Qué información estamos introduciendo? ¿Qué herramientas intervienen? ¿Quién puede acceder a ella? ¿Dónde se almacena? ¿Qué se conserva después? ¿Qué parte del proceso necesita una revisión?
No para descartar la solución. Para poder recomendarla con fundamento.
Me faltó esa pausa entre «esto se puede hacer» y «adelante, hagámoslo».
La ventaja de quienes llevamos más tiempo
No creo que nuestra ventaja como profesionales veteranos consista en dominar cada herramienta mejor que quienes empiezan.
Habrá quien lo haga, por supuesto. Especialmente quienes llevan toda una vida profundizando en un ámbito técnico. Pero competir por conocer la última aplicación, probar más herramientas o montar la demostración más rápida no me parece la mejor forma de defender nuestro valor.
Nuestra gran aportación es el criterio.
La experiencia de haber visto soluciones que parecían perfectas hasta que apareció una excepción. Procesos que ahorraban trabajo a una persona trasladándoselo a otra. Decisiones aparentemente pequeñas que terminaron teniendo consecuencias importantes.
Esa experiencia no nos permite saberlo todo. Pero debería ayudarnos a reconocer qué preguntas faltan.
A distinguir entre una tarea que conviene automatizar y una decisión que no debemos delegar sin más. Entre una posibilidad técnica y una solución adecuada. Entre ahorrar tiempo y asumir un riesgo que todavía no hemos entendido.
También nosotros podemos equivocarnos
La experiencia tiene su reverso.
Podemos confundir prudencia con inmovilismo. Podemos refugiarnos en el «esto siempre se ha hecho así». Podemos mirar con desconfianza una propuesta simplemente porque no la comprendemos o porque cuestiona una forma de trabajar que conocemos bien.
Eso tampoco es criterio.
Y tampoco sería justo atribuir la imprudencia a una generación entera. Hay profesionales jóvenes extraordinariamente rigurosos y profesionales veteranos capaces de aceptar cualquier novedad sin hacer una sola pregunta.
La edad no garantiza sensatez, igual que la juventud no implica falta de responsabilidad.
Pero quienes acumulamos experiencia tenemos una obligación: convertirla en una aportación útil, no en una barrera para los demás.
No basta con decir «cuidado». Hay que explicar con qué, por qué y cómo podríamos hacerlo mejor.
No se trata de frenar la inteligencia artificial
No quiero que esta reflexión se entienda como una enmienda a la inteligencia artificial. Tampoco como una defensa de seguir haciendo a mano lo que podríamos resolver de otra manera.
Lo que cuestiono es el entusiasmo sin comprobaciones.
En aquel evento no eché en falta capacidad técnica. Eché en falta que la conversación sobre la solución incluyera también sus límites.
Mi preocupación no era únicamente lo que la herramienta podía hacer con los datos, sino qué control íbamos a conservar sobre ellos durante todo el proceso.
La respuesta que busco no es «no se puede». Es algo más exigente: «veamos cómo hacerlo bien».
Ahí es donde creo que podemos encontrarnos las distintas generaciones. Unos aportando nuevas posibilidades. Otros, experiencia para evaluarlas. Y todos dispuestos a aprender y a corregir nuestra primera idea.
Yo no necesito ser quien más rápido construye una automatización. Pero sí quiero aportar algo cuando nos sentemos a decidir si debemos ponerla en marcha.
Porque la pregunta no termina en «¿podemos hacerlo?». También hay que responder: «¿debemos hacerlo así?».