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Liderar, ordenar y mandar

Durante muchos años se nos ha vendido que liderar es, básicamente, mandar. El famoso “porque lo digo yo” con distintas capas de maquillaje: KPI, roadmaps y toda la parafernalia con anglicismos que nos acompaña en el día a día. Pero al final el liderazgo real va de otra cosa. Inspirar a la gente, dejarles espacio para pensar y decidir, y saber cuándo tienes que apartarte y cuándo, precisamente porque eres el responsable último, toca dar una orden clara y asumirla.

Un buen jefe, un buen CEO si queremos ponerle glamour, no es el que siempre tiene razón, sino el que consigue que su equipo quiera dar lo mejor, incluso cuando no está mirando. Y eso pasa por delegar. Delegar no es soltar marrones y desaparecer, sino confiar, dar contexto y permitir que la gente proponga su manera de llegar al objetivo. Si cada decisión tiene que pasar por ti, no lideras, atas. Y además ahogas la proactividad, que es justo de donde salen las mejores ideas y los mejores cambios en una empresa.

Cuándo toca ordenar y mandar

Ahora bien, tampoco se trata de montar una asamblea permanente. Hay momentos en los que no vale el “ya veremos”, hay que decidir y hay que ejecutar. Ahí sí aparece el famoso “ordeno y mando”. Hay situaciones de riesgo, de plazos, de responsabilidad legal o económica, en las que la duda sale cara. Para eso está la figura del jefe, para comerse las decisiones difíciles y asumir el coste. La clave está en distinguir bien esos momentos excepcionales del día a día normal, que debería ser mucho más participativo y creativo.

Que su opinión importe de verdad

La empresa crece cuando los empleados sienten que su opinión importa. No cuando tienen la razón “por decreto”, sino cuando saben que se les escucha de verdad, que pueden contradecir una idea, aportar otra mejor, señalar un error. Y, al mismo tiempo, entienden que escuchar no significa hacer siempre lo que dicen. Su punto de vista se tiene en cuenta, se integra, pero alguien tiene que decidir. Cuanto más claro tienes esto con el equipo, menos frustración generas. Tú creces con ellos, ellos crecen contigo, y la empresa deja de ser “la empresa del jefe” para ser un proyecto compartido.

La anécdota de Buffett

Aquí entra la anécdota que me contó mi amigo Javi sobre Warren Buffett, nunca llegue a investigar si es mito o realidad. En una reunión con altos ejecutivos, cuenta la historia, que despidió a todos menos al becario. Todos escandalizados porque, a pesar de recibir indemnizaciones millonarias, no entendían que se quedara con el chaval. La razón: fue el único que se atrevió a llevarle la contraria. También cuenta, el mito o leyenda, que Buffett lo dijo de una manera mucho más vehemente, con una expresión más burda, apelando a la testosterona del chico para contradecirle. Que estaba furioso por la millonada que se estaba gastando en asesores para que siempre le dieran la razón. No tengo ninguna necesidad de poner en duda lo que me dice Javi en ciertas cosas, así que me quedo con la enseñanza: si quieres gente valiosa a tu alrededor, necesitas personas que se atrevan a decirte “no lo veo”, “creo que te equivocas”, “hay una forma mejor”. Eso es lo que deberíamos inspirar en los equipos: que sientan que aportar su opinión, incluso cuando choca con la tuya, no es un peligro, sino parte del trabajo.

“Sí, sí, mi general”

Y luego está la película “Mi General”, de mi tocayo Jaime de Armiñán, con Fernando Fernán Gómez haciendo de general. Esa escena en la que, aunque levantes una cartulina roja, verde y azul, el “general” insiste en que es “gris, marrón y azul” (spoiler: el general es daltónico), y lo peor no es él, sino el de al lado, que asiente: “Sí, sí, gris y marrón, mi general”, es oro. El poder absoluto funciona así: cuando la realidad contradice al jefe, la realidad está equivocada. Solución de la vieja escuela: metafóricamente, “le fusilo al amanecer”, es decir, corto la cabeza que ve demasiado claro. En una empresa, los empleados que siempre le dan la razón al jefe, o que por corporativismo se alinean, aunque vean que algo está mal, no ayudan al crecimiento. Son cómodos, sí. Pero peligrosos.

Liderar no es rodearte de “sí, sí, mi general”, ni tampoco renunciar a tu criterio por quedar bien con todos. Es escuchar de verdad, abrir espacio a que te contradigan, saber delegar y agradecer la proactividad. Y luego decidir, explicar por qué, y asumir las consecuencias. Y repetir el ciclo una y otra vez, creciendo tú también con las personas a las que diriges.

Si piensas en tu propio equipo, ¿en qué momentos recientes crees que deberías haber pedido más opinión? ¿Y en cuáles haber marcado una decisión clara antes para evitar confusiones?

Si piensas en tu jefe ¿cuándo piensas que deberías haber opinado y te callaste por evitar una situación incómoda para ti? ¿prefieres evitar una situación incómoda o sentir frustración por no haber defendido tus creencias?